El divorcio pone fin al vínculo conyugal, no al vínculo parental. Por qué la pregunta «¿quién se queda con el niño?» ya no basta, y qué dicen los estudios y la Convención sobre los Derechos del Niño.
Uno de los mayores errores cometidos por muchas sociedades tras el divorcio es creer que el niño solo necesita a alguien que tenga su custodia y le proporcione comida, ropa y techo. Pero ¿se reducen las necesidades de un niño a lo material?
Los estudios psicológicos y sociales recientes, como los principios fundamentales de la Convención sobre los Derechos del Niño, lo afirman: el niño necesita mucho más que una atención material. Necesita estabilidad psicológica, seguridad afectiva y la continuidad de sus vínculos familiares con sus dos padres, no solo con su madre. Un niño no deja de necesitar a su padre porque se haya dictado una sentencia de divorcio, como tampoco deja de necesitar a su madre.
La paternidad no es una pensión, la maternidad no es una custodia
El vínculo paterno no es una simple pensión alimenticia, y el vínculo materno no es una simple custodia. El padre y la madre desempeñan cada uno un papel esencial y complementario en la construcción de la personalidad del niño y de su equilibrio psicológico y social. Humanamente, el niño necesita la presencia efectiva de sus dos padres en su vida, no a uno de ellos al margen: alguien que comparta sus éxitos, lo acompañe en sus estudios, escuche sus problemas cotidianos, lo guíe y lo proteja cuando haga falta.
De ahí una pregunta esencial: ¿qué pasa con los niños privados de su padre durante largos años? ¿Cómo puede un padre ejercer su papel educativo y protector, seguir la escolaridad de sus hijos, protegerlos de los peligros, la delincuencia, la violencia y el abandono, cuando está ausente por la fuerza de su vida cotidiana? Proteger al niño no se resume en garantizar una pensión o un techo: es también garantizar la continuidad del papel educativo y humano de ambos progenitores.
De «¿quién se queda con el niño?» a «¿cómo conservarle a sus dos padres?»
En muchos sistemas jurídicos modernos, el debate ya no gira en torno a «¿quién se queda con el niño?», sino en torno a una pregunta más importante: «¿cómo preservar el derecho del niño a beneficiarse de la presencia de sus dos padres?». El interés superior del menor no significa excluir a un progenitor ni convertirlo en simple visitante o financiador: significa garantizar la continuidad de los vínculos familiares, afectivos y educativos que el niño necesita para crecer sano. Por eso muchos países se orientan hacia la responsabilidad parental compartida: la época de la custodia exclusiva, que confía al niño a una parte y aleja progresivamente a la otra, se ha vuelto, a ojos de muchos especialistas, incompatible con las necesidades del niño y con la evolución de sus derechos a nivel internacional.
El divorcio pone fin al vínculo conyugal entre el padre y la madre, pero no pone fin al vínculo parental con los hijos. El niño necesita un padre y una madre juntos: referentes de los dos, amor de los dos, y la sensación de que sus padres, pese a su separación, siguen siendo socios para protegerlo y educarlo.
Cuando un niño se ve privado de un progenitor durante largos periodos, o cuando el papel de uno de ellos se reduce a unas horas de visita, la verdadera pregunta no es: ¿ha obtenido el padre o la madre sus derechos?, sino: ¿ha obtenido de verdad el niño su derecho a sus dos padres? El niño no necesita un vencedor y un vencido tras el divorcio… necesita un padre y una madre, juntos.